jueves, 16 de julio de 2015

Historias del Camino

“¡El Grial está en León!”

Descifrado / Cómo historiadores muy serios han inventado una reliquia en la España del siglo XXI

 El historiador francés Patrick Henriet cuestiona en un artículo publicado en Francia la teoría de que el cáliz de Doña Urraca sea el Santo Grial y acusa a los historiadores Margarita Torres y José Miguel Ortega de “borrar la línea roja” entre ciencia y novela, calificando el libro “Los Reyes del Grial”, firmado por ambos, de “abracadabrante”. / Traducimos su artículo publicado en el nº 412 de la revista francesa L’Histoire, correspondiente a junio de 2015.

Por PATRICK HENRIET
Primera página del articulo de Patrick Henriet publicado en la revista L'Histoire.
El Grial, la copa utilizada por Cristo en la última Cena, acaba de ser descubierta en León, una ciudad de alrededor de 135.000 habitantes situada en el noroeste de España, que fue, tiempo atrás, capital del reino del mismo nombre (910-1230). Tal es, en cualquier caso, la tesis defendida por Margarita Torres Sevilla, profesora de historia medieval en la Universidad de León, y José Miguel Ortega del Río, historiador de arte, en un libro abracadabrante.
Las consecuencias comerciales y turísticas de este “descubrimiento” son notorias: el libro, aparecido en 2014, va por su quinta edición y acaba de ser traducido al inglés. Quien vaya hoy a León puede comprar imanes decorativos, marcapáginas y otros productos derivados, que representan el Grial. Éste ha sido colocado, desde entonces, en una vitrina a prueba de balas, en una sala destinada ex profeso en el museo de San Isidoro. Se anuncia una traducción del libro al francés.
El origen de este hallazgo es un cáliz románico muy conocido y dos pergaminos árabes localizados en El Cairo desde 2006. El cáliz lleva el nombre de Urraca, hija del rey Fernando I (muerto en 1065). Está construido por medio de dos vasos de ónice, sin duda de origen antiguo, que fueron engarzados en el siglo XI gracias a un delicado trabajo de orfebrería, sembrado de piedras preciosas. Urraca, que hacía una vida semi-religiosa, lo ofreció, ella misma sin duda, al monasterio de San Isidoro.
Los dos pergaminos árabes, reproducidos en el libro, han sido fechados y traducidos por un universitario español. Datarían del siglo XIV. El primero se refiere a un texto perdido del historiador Ibn al-Qifti (muerto en 1248). En él explica cómo, en 1055, la copa habría llegado desde Jerusalén hasta la taifa de Denia, por orden del soberano fatimí. Posteriormente habría sido ofrecido por el emir local a Fernando I. Todos los protagonistas de esta historia sabían que se trataba de la copa de la última Cena y la veneraban especialmente pues su reputación la hacía acreedora de grandes poderes.
En el segundo pergamino, Saladino en persona (¡!) relata que un trocito del Grial se había desprendido antes de su viaje a Denia. Este fragmento, dotado de poderes milagrosos, habría permitido curar a su hija. Todo el asunto ha sido pensado por nuestros dos autores y falta efectivamente una esquirla en el cáliz leonés. Corresponderá a los arabistas en qué momento se produce el fraude: ¿cuándo fueron realmente copiados estos pergaminos? ¿Por qué se han encontrado ‘juntos’?
Los dos textos son recogidos por los autores de forma maliciosa, junto con referencias auténticas. Una erudición de bazar pretende, pues, con habilidad, dar apariencia de veracidad a un inverosímil montaje no exento de seducción. Cualquier persona mínimamenmte sensata se preguntará por qué ningún documento leonés, regio o eclesiástico, medieval o moderno, haga alusión alguna a la presencia del Grial en León. Margarita Torres Sevilla y José Miguel Ortega del Río tienen respuesta a esta objección: Fernando I y su entorno, temiendo el robo de tal tesoro, lo habrían mantenido en secreto para no llamar la atención. ¡Solucionado! Sin embargo, no es necesario subrayar lo que estas teorías deben a las del complot y del secreto. No obstante, se debe tener en cuenta que cuando Fernando I se hizo con las prestigiosas reliquias de San Isidoro de Sevilla en 1063, las recibió con gran pompa, junto con su esposa y sus hijos, sus magnates, sus clérigos y toda la población de León.
La erudición desplegada por los autores muestra rápidamente sus limitaciones. Así, cuando reproducen una imagen que muestra a Perceval orando ante el Grial, custodiado por tres ángeles, el pie de la imagen señala que se trata de una “miniatura iluminada medieval”. ¿Cuál? Imposible saberlo, por la simple razón de que, en realidad, se trata de un tapiz pre-rafaelita realizado por el taller de William Morris y expuesto por primera vez en Londres en 1893! La edición inglesa, que toma la imagen en su cubierta, ha rectificado el pie que, al parecer, no había molestado a los autores en un primer momento.
Los mitos tienen su historia. El del Grial es presentado aquí como eterno, es decir, tan antiguo como los acontecimientos a los que se refiere (la Pasión de Cristo). Ahora bien, incluso si se encuentran algunas menciones a la copa de la Última Cena a partir del siglo V o del VI (la guía para uso de peregrinos denominada “Brevarius A”), los orígenes del mito se remontan al final del siglo XII y a los romances franceses denominados “del Grial”. Estos son tratados brevemente en el libro, pero de manera confusa. En efecto, más que tratar de buscar en ellos un punto de vista positivista de las alusiones a la realidad, conviene estudiarlos por lo que nos relatan de la sociedad feudal, de la que nos ofrecen una imagen codificada.
En definitiva, lo que más sorprende de esta historia del Grial leonés es que venga de la mano de una profesora de la Universidad, autora, por otra parte, de trabajos estimables. Y es aquí donde reside la gran originalidad de este “descubrimiento”, más que en la pretension de poseer una reliquia célebre. Existen, por otra parte, otros supuestos Griales, en Hawkstone Park (Shropshire, Reino Unido), en Nantes, en Génova, en Dublín, en Nueva York o en Valencia. ¿No decía Calvino a propósito de la gran cantidad de trozos de la cruz que “si se recogieran todos bastarían para llenar un gran barco”.
La “invención” de una reliquia tenida entre las más prestigiosas es un efecto sin duda colateral del éxito de Indiana Jones y la última cruzada y del Código Da Vinci. Pero estas ficciones se ofrecen ni más ni menos por lo que son: ficciones. Escribir un libro académico, provisto de una bibliografía de quince páginas (en la que el autor de estas líneas hubiera preferido no figurar), con más de 350 notas pseudo-eruditas, para defender la teoría resumida aquí, no trae más consecuencia que la de borrar la línea roja que separa el trabajo científico del que hace el novelista. El “oficio de historiador”, tan querido para Marc Bloch, queda ridiculizado.
Puede uno reírse, pero con la condición de decirlo claramente.
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Patrick Henriet, directeur d’études a l’École Pratique des Hautes Études
(Artículo publicado en la revista francesa L’HISTOIRE, Nº 412/JUNIO 2015)

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