domingo, 11 de octubre de 2015

Testimonios Peregrinos

Vigilantes del Camino.

ERNESTO ESCAPA 10/10/2015
La zarrapastrosa gestión de las investigaciones derivadas del crimen de Denise Thiem, trae ahora el colgante de los anuncios de Interior, cacareando mayor vigilancia en los tramos solitarios del Camino. No consta de momento que las autoridades vayan a prestar atención a las tenaces indicaciones de las asociaciones jacobeas, que agrupan a quienes conocen al detalle y viven con pasión el Camino. Algunas tan elementales como la vigilancia de las flechas amarillas, que en determinados lugares apartan intencionadamente a los peregrinos de la ruta. El desvío del crimen en Castrillo lo denunciaron repetidamente los amigos del Camino de Astorga. Claro que este descuido no fue la única torpeza de la comisaría.
Peregrino es etimológicamente quien va por el campo y anda en desamparo. Desde siempre, el camino de peregrinación a Santiago fue también un coladero de pícaros y bribones, que al abrigo de los piadosos caminantes «disfrazaban sus intenciones y ocultaban sus desdichas». Es la lección que se aprende al contemplar el Camino con una perspectiva más amplia. El Padre Feijoo da cuenta en el siglo dieciocho de los tunantes que «con el pretexto de ir o volver de Santiago, se están dando vueltas por España casi toda la vida». Dejarse llevar por la concurrida Calle Mayor de Europa, tenía sus ventajas. El pícaro de nuestra literatura clásica Estebanillo González confiesa una de las primeras ocurrencias que tuvo para dar suelta a sus trapisondas: «Traté de ponerme en figura de romero, principalmente por comer a todas horas y por no ayunar en todos tiempos». Esta era parte de la marea humana que durante siglos siguió el rumbo del sol hacia el fin de la tierra conocida. Junto a los auténticos peregrinos, se desplazaban truhanes y buscavidas. Y a su paso, aprovechando el camuflaje de los bosques, se apostaban bandoleros que limpiaban la bolsa a los caminantes.
Hay lugares en nuestra geografía que pasaron a la literatura jacobea europea como encrucijadas especialmente peligrosas. Así, los Montes de Oca, entre Villafranca y San Juan de Ortega, o la solitaria dehesa de Valdelocajos, en el páramo leonés, o las rampas maragatas, pobladas de robledales, o el puerto de Foncebadón, a menudo dominado por las nieblas, Por no mencionar el tramo de despedida, entre Vega de Valcarce y El Cebrero, todavía con el miedo en el cuerpo supersticioso de aquellos peregrinos por haber visto al mismo diablo en la ermita de Parajís. Y no es el único demonio del Camino. En Sahagún, denostada por los caminantes devotos como lugar de perdición, se muestra en el Museo de las monjas benedictinas la imagen de la Virgen del Garrote, en la que el pobre diablo pone cara de pavor ante el gesto virginal de arrearle un sonoro mamporro

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